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Pero todo eso un día
se terminó. Con mis doce años me dijeron que no había futuro para mí y
desembarqué en una ciudad enorme (Buenos Aires) con mis championes
rotos, buscando no sé qué, porque a esa edad sólo buscaba jugar a la
bolita o al fútbol con mis amigos de Florida, el Manco Aloy, la Rata
Gruccio, el Lalo Pérez y miles mas, porque ahí éramos todos amigos,
viviéramos cerca o no, éramos amigos igual…
Andábamos en
autos que no tenían cinturones de seguridad ni bolsas de aire... Ir en
la parte de atrás de la cachila, bajo la mirada de mis hermanos, cuñados
y tíos era un paseo especial y todavía lo recuerdo.
Mi mejor
cuna, la cama de mi mamá y si me hacía pis no era trauma, solo era frío
en la panza o por el humo de una fogata.
No
teníamos tapas con seguro contra niños en las botellas de medicina,
gabinetes, puertas.
Cuando andábamos en
bicicleta no usábamos casco.
Tomábamos agua de la
canilla, del río o de la cachimba de la Ruta 5, panza al piso y no de
una botella de agua mineral...
Gastábamos
horas y horas construyendo las chatas de rulemanes y en las calles
inclinadas los echábamos a andar hacia abajo y en la mitad nos
acordábamos que no tenían freno. Después de varios choques con los
cordones, aprendimos a resolver el problema. Sí, nosotros chocábamos con
cordones, no con autos.
Salíamos a
jugar con la única condición de regresar antes del anochecer.
El colegio duraba hasta
el mediodía, llegábamos a casa a almorzar.
Nadie nos
esperaba en la puerta, solo caminábamos por las calles tranquilas
pateando piedras.
La fruta
más rica siempre crecía en el árbol del vecino, y más rica se convertía,
si el vecino no nos las daba por su voluntad.
Nos
cortábamos, nos rompíamos un hueso, perdíamos un diente, pero nunca hubo
una demanda por estos accidentes. Nadie tenía la culpa sino nosotros
mismos.
El mejor
Merhtiolate para mis raspaduras de las rodillas, era la lengua de mi
perro chiquito o un trapo con querosene.
Comíamos
bizcochos, pan con azúcar, nunca teníamos exceso de peso porque siempre
estábamos afuera jugando...
Compartíamos una botella de agua entre cuatro... y nadie se moría por
esto.
No
teníamos Playstations, Nintendo 64, X boxes, Juegos de vídeo, 99 canales
de televisión en cable, videograbadoras, cine, sonido surround,
celulares personales, computadoras, chatrooms en Internet...
Sino que TENIAMOS
AMIGOS.
Salíamos.
Nos subíamos en la bicicleta o caminábamos hasta la casa del amigo,
golpeábamos las manos o sencillamente entrábamos sin tocar y allí
estaban y salíamos a jugar.
¡Ahí,
afuera! En el mundo cruel ¡Sin un guardián! ¿Cómo hacíamos?
Hacíamos juegos con
palitos y pelotas de trapos, en algún equipo que se formaba para jugar
un partido; no todos llegaban a ser elegidos y no pasaba ningún
desencanto llevado a trauma.
Algunos
estudiantes no eran tan brillantes como otros y cuando perdían un año
lo repetían. Nadie iba al psicólogo, al psicopedagogo, nadie tenía
dislexia, simplemente repetía y tenía una segunda oportunidad.
Teníamos
libertad, fracasos, éxitos, responsabilidades...y aprendimos a
manejarlos.
Algunos
dirán que éramos unos aburridos pero… puta que éramos felices!.
Por eso
será que te extraño Florida.
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