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 Por: Álvaro Casella Peña Ir a: Florida City

 

Teníamos amigos

 

   Hace más de 23 años me fui de ahí, y me fui cuando en cada esquina estaba la canilla de agua, la columna de luz con la lamparita de 100 watts que, ufa! cuando se quemaba nos dejaba sin jugar al fútbol por la noche, y era lo peor que nos podía pasar. Pero qué feliz se ponían los vecinos, porque así podían descansar del pelotazo.

   Las calles de tierra, la pelota de trapo… Qué Punta del Este ni Punta del Este, pasar los veranos en La Calzada o en el Prado, mamma mía… ¿Te acordás de las chatas con rulemanes, las campanadas de la capilla San José, las pescas de turismo, la Escuela 51(San Cono), los bailes del Club Artigas?...

   Pero todo eso un día se terminó. Con mis doce años me dijeron que no había futuro para mí y desembarqué en una ciudad enorme (Buenos Aires) con mis championes rotos, buscando no sé qué, porque a esa edad sólo buscaba jugar a la bolita o al fútbol con mis amigos de Florida, el Manco Aloy, la Rata Gruccio, el Lalo Pérez y miles mas, porque ahí éramos todos amigos, viviéramos cerca o no, éramos amigos igual…

   Andábamos en autos que no tenían cinturones de seguridad ni bolsas de aire... Ir en la parte de atrás de la cachila, bajo la mirada de mis hermanos, cuñados y tíos era un paseo especial y todavía lo recuerdo.

   Mi mejor cuna, la cama de mi mamá y si me hacía pis no era trauma, solo era frío en la panza o por el humo de una fogata.

   No teníamos tapas con seguro contra niños en las botellas de medicina, gabinetes, puertas.

Cuando andábamos en  bicicleta no usábamos casco.

Tomábamos agua de la canilla, del río o de la cachimba de la Ruta 5, panza al piso y no de una botella de agua mineral...

   Gastábamos horas y horas construyendo las chatas de rulemanes y en las calles inclinadas los echábamos a andar hacia abajo y en la mitad nos acordábamos que no tenían freno. Después de varios choques con los cordones, aprendimos a resolver el problema. Sí, nosotros chocábamos con cordones, no con autos.

   Salíamos a jugar con la única condición de regresar antes del anochecer.

El colegio duraba hasta el mediodía, llegábamos a casa a almorzar.

   Nadie nos esperaba en la puerta, solo caminábamos por las calles tranquilas pateando piedras.

   La fruta más rica siempre crecía en el árbol del vecino, y más rica se convertía, si el vecino no nos las daba por su voluntad.

   Nos cortábamos, nos rompíamos un hueso, perdíamos un diente, pero nunca hubo una demanda por estos accidentes. Nadie tenía la culpa sino nosotros mismos.

   El mejor Merhtiolate para mis raspaduras de las rodillas, era la lengua de mi perro chiquito o un trapo con querosene.

   Comíamos bizcochos, pan con azúcar, nunca teníamos exceso de peso porque siempre estábamos afuera jugando...

   Compartíamos una botella de agua entre cuatro... y nadie se moría por esto.

   No teníamos Playstations, Nintendo 64, X boxes, Juegos de vídeo, 99 canales de televisión en cable, videograbadoras, cine, sonido surround, celulares personales, computadoras, chatrooms en Internet...

Sino que TENIAMOS AMIGOS.

   Salíamos. Nos subíamos en la bicicleta o caminábamos hasta la casa del amigo, golpeábamos las manos o sencillamente entrábamos sin tocar y allí estaban y salíamos a jugar.

   ¡Ahí, afuera! En el mundo cruel ¡Sin un guardián! ¿Cómo hacíamos?

Hacíamos juegos con palitos y pelotas de trapos, en algún equipo que se formaba para jugar un partido; no todos llegaban a ser elegidos y no pasaba ningún desencanto llevado a trauma.

   Algunos estudiantes no eran tan brillantes como otros y cuando perdían un  año lo repetían. Nadie iba al psicólogo, al psicopedagogo, nadie tenía dislexia, simplemente repetía y tenía una segunda oportunidad.

   Teníamos libertad, fracasos, éxitos, responsabilidades...y aprendimos a manejarlos.

   Algunos  dirán que éramos unos  aburridos pero… puta que éramos felices!.

   Por eso será que te extraño Florida.