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Por: Juan José Tito |
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Florida City
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Pelota de trapo
¿Quién no
recuerda esa película con Armando Bo? Creo que todos los de nuestra
época de cines y adolescencia la vimos.
En mi caso era mi preferida, y donde la daban, allá estaba yo.
Recuerdo que la pasaban mucho en el Salón Parroquial de la Catedral.
Entre los personajes de la película había uno que me llamaba la
atención: era el más chiquito, muy diablito y mimado por el resto de sus
compañeros, todos lo protegían. Este personaje de llamaba " Toscanito"...
Pasó el
tiempo y nunca más la volví a ver...Pasaron años y años hasta el día de
hoy…
A finales de los ‘80 y principio del ‘90 yo daba los últimos
pataleos a la pelota jugando en un equipo de argentinos y uruguayos
llamado Racing, de veteranos o de seniors, como les dicen ahora...En
fin, de viejos. |
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Este club
organiza una peña folklórica y trae al Chango Nieto acompañado por
folkloristas de la zona. Entre empanadas y vino se fue desarrollando la
velada, con mucha gente porque de verdad eran muchos los que nos
seguían. Con nosotros jugaba el ruso Sanin, goleador de Colón y
compañero del flaco Edgardo García. Con los peruanos jugaba Menéndez,
aquel brillante defensa de Boca Juniors.
En esa peña, en un momento de la noche se homenajea a un personaje
muy querido por la comunidad argentina....Sube al escenario y lo
presentan, era un hombre bajito, muy bajito y risueño, de unos 60 y pico
de años.
Si, es lo que están pensando..Era Toscanito.
Saber que era él me emocionó y me trasladó a las imágenes que aún
mis retinas guardaban de aquel muchachito que yo tanto había admirado y
que ahora tenia frente a mí con todas las marcas que la vida va dejando.
Fue un día especial, pero después compartí con él mas tiempo,
porque teníamos un amigo en común que comenzó a llevarlo a los partidos.
Ya
hace años no sé nada de él...Quizás...No sé....Todo es posible cuando
las "primaveras" nos van llegando.
Los
huevos duros de Varela
Este caso ocurrió más de una vez en el café "San Cono" de Máximo Varela,
ubicado esquina cruzada con la Capilla del santo. Era la época donde en
una cuadra había cinco cafés. ¡Síííí!!! ¡CINCO!! En Rodó y Saravia había
tres, y frente a San Cono dos.
Estaba el "Tango Bar" en la propiedad de Casella, donde hay en la
actualidad un almacén; enfrente estaba "El California" y cruzado estaba
el bar de "Panza Negra" Díaz, donde está hoy la farmacia "3 de Junio".
Y frente a la Capilla estaban el "City Bar" y el "San Cono".
Como todo adolescente de aquella época no teníamos opciones tan
variadas de diversión, y nos reuníamos de noche en el Café de Varela o
en el City a jugar carambola. Eran noches de invierno, tranquilas,
noches de ventanales empañados, de alguna estufa a gas en medio del
salón. Sólo estábamos nosotros, 4, 5 o 6 gurises. Varela tenia una silla
detrás del mostrador y ahí se mandaba sus "sueñitos" mientras nosotros
jugábamos.
Como era
costumbre, tenia sobre el mostrador dos campanas de vidrio que pesaban
10 kilos cada una. En una tenia huevos duros pelados y en la otra
croquetas de papa. Nosotros, al ver a Varela con la cabeza hacia abajo,
en un sueño profundo, levantábamos muy sigilosamente la campana y
sacábamos huevos y croquetas -según el gusto del momento- y seguíamos
jugando.
Cuando decidíamos que ya era hora de irnos, íbamos al mostrador a
pagar la "hora" del billar, y siempre debíamos llamar repetidas veces a
Varela para despertarlo del profundo sueño en que estaba sumido.
Al rato
se despertaba, levantaba los brazos al cielo, ojos entreabiertos y
gemido que decía...”qué bueno estaba este sueñito”…Miraba alrededor
buscando ubicación física, como cuando nos despertamos en un lugar que
no es nuestra cama y tratamos de ubicar dónde nos encontramos.
”Varela, ¿cuánto te debo de hora?” Y con los ojos aún medios
cerrados Varela decía mirando el gran reloj que colgaba de la pared....”Ehhh,
tenés 10 pesos más 2 huevos y 3 croquetas”.
”¿Y yo Varela?” decía otro........Ahhhhh, vos 12 pesos, 3 huevos y 3
croquetas.
¡Jamás pudimos saber cómo sabía cuántos huevos y croquetas
habíamos comido, siempre fue un misterio!!!!
El burro
de Ghan
Los personajes del
pueblo, Marquito, el Chito y su peine (me parece que lo veo parado sobre
una mesa tocando la marcha de "Chicotazo" con el peine y una hojilla),
la Loca de los Patos (qué miedo te tenia yo), el Morocho de la Villa,
Ghan y su querido burro…
Sobre Ghan les
hago una anécdota: En tiempos de verano pasábamos un grupo de
adolescentes en el "City Bar" frente a San Cono, y por allí pasaba Ghan
con su burro rumbo a la calzada a buscar arena. Todos sabemos del amor
de Ghan a su fiel animal, tanto que a él le podías decir cualquier cosa,
cualquier improperio que no pasaba nada. ¡Pero ojo con decirle algo al
burro!
Nosotros,
sabiendo eso, ¡pa ‘qué!!!... Lo veíamos venir, nos aprontábamos y,
afinando la voz, le gritabamos....¡Ghaaannn, ese burro es put...!! ¡Paaaaa,
pa qué! Se bajaba enceguecido del carro revoleando el arriador a
corrernos!!.
El Amelio
y las apuestas por Coca Cola
¡Que
grande el Amelio!! Un personaje, un amigo; junto con los tambores la TV
es la otra "debilidad" del Amelio: pasa 30 horas del día mirándola,
ahora me han dicho que no tanto.
Amelio, Artigas Peña, el viejo Vázquez y el Teta Delisa me llevaron a
Nacional. Me acuerdo que estábamos jugando donde lo hacíamos siempre, en
el terreno de Rodó entre Brum y Saravia, ahí donde iban las calesitas en
San Cono y ahora se levantaron apartamentos y está el taller de Cono
Ferreri. Ahí jugábamos Gerardo Martínez (que era el dueño de la pelota),
Gerardo Fiol, los Aloy (Gustavo y Arnoldo), Walter Hugo Sisto (hijo),
Julio Rivas, Artigas Vega y muchos más. Una vez hicimos una rifa, pero
como lo recaudado no fue mucho....en realidad muy poco, nos fuimos a lo
del Cañonero Brescia, en la esquina de A.M.Fernádez y Rivera, a ver qué
podíamos comprar y como yo era el golero y los $$$ eran pocos, decidimos
comprar las rodilleras, así que el único que salió contento fui yo. Creo
que el primer día dormí con ellas puestas!...
Bueno,
un día los antes nombrados me llevaron a Nacional; en aquel tiempo
existían los cebollitas y los cadetes.
El golero de la Primera era Celso Guardia.
En aquel entonces Nacional estaba lleno de manyas, la mayoría de
los cebollitas éramos hinchas de Peñarol. Pero yo nunca lo asocié con el
bolso capitalino, para mi este Nacional era el cuadro de MI barrio, no
sé....Lo quise mucho y lo quiero, Nacional siempre será el cuadro de mi
barrio. Recuerdo las apuestas que hacia con Noldy Aloy, el padre de
Gustavo. Todos los clásicos jugábamos una Coca Cola grande. Noldy era
bolso fanático, y en aquella época yo lo llevaba muerto, el manya se
ganaba todo, fue en la década del 60, creo que la mejor de Peñarol.
De todas maneras yo
nunca perdía porque las Coca-Cola se las robaba al viejo. |
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12 pares
de medias y 2 pelotas
Leyendo
las informaciones deportivas me doy cuenta de cuánto han cambiado los
tiempos. Veo que a Sebastián Viera lo compran en 7 millones de
dólares!!! Y en el año 71, Nacional me vendió al Club Ferrocarril por
12 pares de medias y dos pelotas!!! ¿Será posible que los tiempos
cambiaran tanto?. Claro, en aquel tiempo el Paco jugaba en Defensor. Si
fuera ahora por lo menos pedirían 5 pelotas..
Un domingo me cita la comisión directiva de Ferrocarril, allá en la
Cuchilla. Fui, comenzaron a hablar entre ellos, uno decía “No tenemos
para comprar camisetas”, otro decía “Le debemos tantos $$ a la
lavandera”, otro “Le debemos tantos $$ a la Liga”, otro “¿Cómo haremos
para conseguir
zapatos nuevos que los que tenemos ya están todos rotos?”.
Y después me miran a mí y me preguntan: Y usted Tito, |
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¿qué pretende? Yo los
miré y les dije… “¿Qué quieren que pretenda con la miseria que me
pintaron? Denme el pase libre el año que viene y me voy”.
Al año
me fui a Quilmes, después a Misterio y de ahí ya me vine aquí, con 26
años.
Pero no es justo che, el Seba 7 millones y yo 12 pares de medias y
dos pelotas!!!!
El taxi
de Manzanita
Estábamos jugando carambola en el City Bar (¿todavía existe? ) pero
bastante aburridos y pensando qué hacer. Hacía poco había comenzado a
parar un taxi en la esquina, que era manejado por el hijo del dueño, del
que sólo recuerdo que le decían Manzanita. Y uno de nosotros (éramos
cinco) dice: “Hoy hay baile en Sarandi”... “¡Vamos!!” dijo otro. “Sí,
pero, ¿en qué vamos?” dije yo. Y todos miramos a Manzanita. Allá
enderezó uno a pedirle precio, y después de unas pocas palabras,
llegamos a un acuerdo y salimos rumbo a Sarandí como a las 12 de la
noche.
Seguro, las
finanzas eran escasas, y debíamos elegir entre pagar el taxi o tomar
algunos tragos. Entonces invitamos a Manzanita a tomar con nosotros.
“Sirva a Manzanita...Sirva a Manzanita...Sirva a Manzanita...” Hasta
que Manzanita quedó "muerto".
Regresamos
a Florida manejando yo, con Manzanita dormido en el asiento de atrás.
Cuando llegamos lo dejamos durmiendo frente a la Capilla San Cono. Al
otro día nos andaba buscando el padre con ganas de matarnos…
¡Ahhh!
Después le pagamos.
¡Pesa la guitarra!
El
payador Gustavo Guichón es otro de nuestros artistas floridenses que
andan por el mundo, radicado hace muchísimos años en Argentina. En el
año 72, estaba yo con Walter Hugo Abelenda y José "Pepe" Costa en
Colonia a punto de abordar el aliscafo hacia Buenos Aires cuando aparece
Gustavo con dos estuches de guitarras, una en cada mano. A mí me conocía
de chico, porque ellos tenían unas vacas a las que ordeñaban y Gustavo
llevaba la leche a casa.
Después de los
saludos de rigor, me pidió si no le llevaba una de las guitarras, y le
dije que sí. Claro, ¿porqué no? ¡Nunca había cargado una guitarra tan
pesada!!! Pesaba como 70 kilos!
Ya sentados en el
aliscafo le pregunto... “Loco, ¿por qué pesa tanto esa guitarra?” Y me
dice bajito...”¡Cayateeeeee, llevo hojas de elástico pa'hacer
cuchillos!!”.
La pizzería (I)
Fue
cuando recién llegue a Nueva York, en el 77. Trabajaba en una fábrica de
cintos y cuando salía me iba a una pizzería hasta las 4 de la mañana. Lo
hice sólo un mes porque era imposible aguantar durmiendo 3 o 4 horas. Me
quedé a trabajar en la pizzería donde la paga era mejor. Entré para
lavar platos, limpiar, cargar la heladera, pero con el ojo puesto en lo
que hacían los demás y muy rápido fui aprendiendo y ascendiendo.
Pero
en esa primera etapa pasaron cosas que son imposibles de olvidar. Una de
ella era la presencia diaria en el negocio de una barrita de 10 o 12
adolescentes "blanquitos". La pizzería estaba en una zona de clase media
alta, en la 1ª Avenida y la calle 80. Yo no entendía ni papa lo que
hablaban estos “blanquitos” (me iba todos los años a examen en inglés)
pero alcancé a darme cuenta que me querían agarrar de punto y de alguna
manera debía ponerlos en su lugar.
Claro,
hablando era imposible, hasta que un día estaba yo de espaldas y me
tiraron una servilleta... Si, una inofensiva servilleta hecha una
pelotita. Bueno, salí para afuera del mostrador, agarré a uno del
cuello, lo saqué afuera y le di en la boca y le partí un diente, justo
el del medio. Yo pensé que me caerían todos, porque ellos se llevaban a
todos por delante, pero no... se fueron.
Desde ese día y al ir yo hablando un poquito mejor el inglés, los
muchachos me trataban como a “un hermano”., me buscaban para que los
atendiera.
Yo
sigo frecuentando esa pizzería, porque nos queremos mucho con el dueño,
el Tano (siciliano) y quedó una amistad muy linda. Toda aquella barrita
de adolescentes se fue dispersando con el tiempo, cada uno por su
camino, y hoy ya son hombres. Pero hace dos años más o menos, una noche
me encontraba en la pizzería y llega el del diente roto, ya hombre,
andaría por los 40 años. Nos reconocimos y nos abrazamos, hacia mucho
que no nos veíamos. Entre risas y anécdotas de aquellos tiempos se
señaló la boca y me dijo..."Tiro ( aquí soy con R) ¿remember?" (Tito te
acordás?) Yo me reía. “¿Nunca te lo arreglaste?” le pregunté, y me
contestó riéndose... “¡No, todavía espero que me lo pagues!!”... ¡No –le
dije- ya venció el plazo!!! Claro, si hacía más de 25 años que andaba
con el diente roto. Después, nos despedimos con un abrazo.
Hay veces, y más si estás en lugares extraños, que se debe
reaccionar para marcar su lugar. Es dura la vida del inmigrante, por lo
menos al principio. Es cierto lo que dice Marciano Durán: “Siempre
estamos naciendo, cada cambio de lugar geográfico es un volver a nacer”.
En
mi caso hasta debí aprender a hablar.
La pizzería (II)
Estábamos cerrando la pizzería, eran las 4 de la mañana. Había nevado,
las veredas y las calles estaban blancas, no se veía a nadie por la
calle. Salí antes a poner el auto en marcha para calentarlo, cuando vi a
dos tipos contra la pared del comercio pegado al local y a otro agachado
detrás de mi auto (un Mustang 66 que me había regalado Ruben "Pato"
Dotta) robándome el tapón de la nafta. Sin pensarlo mucho me le tiré
arriba y se vinieron los otros dos que estaban contra la pared. En eso
salen el Tano y otro italiano chiquito (1/2 metro más o menos) y ahí sí
se puso linda la cosa: tres contra tres en pista nevada.
En
algunos momentos estábamos los seis en el suelo, en una "batalla" que
fue larga -duró como 10 minutos-, porque era pararse y caerse por la
nieve. Al final ellos se fueron. Nosotros también nos fuimos, cada uno
rumbo a su casa.
Recuerdo que iba
cruzando un puente cuando me di cuenta que me dolía la cabeza; cuando me
toqué…¡tenia tremendo huevo, pero no de gallina....de avestruzzz!!
Llegué a la casa, me puse hielo un rato y me dormí. Al día siguiente
cuando llego a la pizzería, todos estaban comentando "la batalla de los
6", ustedes saben como son los tanos de bulleros. Me puse a escuchar y
en una el patrón, Joe, dice (con todo el énfasis del italiano) ¡Yo le
rompí la escoba en la cabeza a uno!!
Y yo lo miro y
le digo....¡Aaaahhh, fuiste vos!! ¡A mí me la rompiste, mirá el huevo
que tengo aquí, desgraciado!!!!
Al Tano
lo siguieron gastando por lo de la escoba por un tiempo.
Si él no dice nada, yo no sabia de dónde había salido ese huevo,
porque pensaba y no me daba cuenta como se me había hecho. Porque en
realidad yo no sentí nada. ¿Sería por el fragor de la lucha? |
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No es
fácil robar gallinas
Una vez
llegó al barrio un señor del campo. Se mudó, para su desgracia, de
vecino de un amigo, en la calle Saravia (no pregunten más datos). Como
todo hombre de campo, no podían faltar sus gallinitas, su perro, un
gallo viejo y dos patos.
La separación
entre su casa y la de mi amigo era un alambrado muy bajito, y nosotros
mirábamos las gallinas con mucho cariño. Nosotros éramos una barra de
siete u ocho, todos entre 12 y 13 años. Cada uno teníamos la misma idea
pero ninguno la decía, hasta que llegó el día que uno dio el primer
paso. “¡TA LINDO PA'COMERNOS UNAS GALLITAS!!, dijo, y el apoyo fue
unánime. |
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Y
pusimos manos a la obra, a planear el "robo del siglo" como lo veíamos
nosotros. La hora, como es lógico, debería ser de noche, y las gallinas
no podían emitir sonido alguno, para no despertar al dueño ni a los
padres de mi amigo, que ahí sí que se armaba un lío del diablo. Así que
había que ir derecho y apretarles el pescuezo. Eran tres las gallinas,
lo que era suficiente para todos...y repitiendo.
Llegó el día (la noche). Entramos cuatro al gallinero y en 10
segundos teníamos las tres gallinas acogotadas.
Pero no
contábamos con los imprevistos: una gallina pataleó y justo le engancha
el reloj a mi amigo y se lo hace volar. ¿Se acuerdan de aquellos reloj
de malla de acero, forrada con cuero, que se abrían, se ponían y se
cerraban solas? Bueno, el reloj voló a la mierda en la oscuridad de la
noche.
Salimos rápidamente
y pusimos las gallinas en una bolsa de arpillera ya preparada para el
caso, y después entramos seis de nosotros al gallinero a buscar el
reloj, cosa imposible por lo alto del pastizal y sin linterna, en una
noche oscura. Pasamos como dos horas buscando y nada. Ynadie quería ir a
la casa a buscar una linterna porque lo dejaban adentro. Al final se me
ocurrió ir al Café Sportman, ¿se acuerdan? donde trabajaba mi tio César,
que era de esos tíos queridos y compinches. Creo que todos hemos tenido
un tío especial, ese era el mío. Ahí conseguí la linterna y con ella
encontramos el reloj, no sin antes haber sudado en invierno.
Pero la cosa sigue, lo más fácil se transformó en lo mas
difícil..¿DÓNDE LAS COMÍAMOS?!!! Ningún padre nos permitiría comer
gallinas robadas en la casa y encima nos cagarían a palos. Se las llevé
a una señora que colaboraba con nosotros en "El Rancho" y ella nos las
peló y las dejó prontas pa'la olla.
¿Y olla? ¿De dónde? De eso me encargué yo; le "manotié" una
al viejo y la saqué por el fondo. Al otro día, que era sábado, nos
fuimos a La Calzada, lugar que conocíamos como la palma de la mano, y
allí hicimos el soñado guiso, que quedó muy bueno para no ser ninguno
experto en el tema.
La olla la dejamos
escondida en el baldío de Saravia y Rivera, donde está ahora la
automotora. Ya se darían las condiciones para entrarla a casa.
¡Justo me
toca a mí!
Hace unos
años iba yo por la izquierda en una carretera de dos carriles (los
camiones no pueden circular por la izquierda en las de tres carriles) y
la línea mía se había puesto media lenta, por lo que decidí cambiarme
para la derecha que iba más rápida. Puse las luces, pero no me dejaban
entrar, amagaba y debía volver a mi carril. Así me tenían, hasta que me
cansé y dije..”Aquí me tiro, el que venga que frene”.
Pero justamente al que venía no le gustó lo que hice; subió a la
vereda, me pasó y me sacó el dedo, ese gesto muy típico de los gringos,
que vale decir es el que más me calienta. De verdad, me pone rabioso y
más si ando en el camión, que con sus movimientos torpes no los puedo
alcanzar.
Le toqué bocina y el negro me mostraba el dedo, yo le hacía señales
que parara y él seguía con el mismo gesto... Y así seguíamos, bocina y
dedo, bocina y dedo.
Un kilómetro más adelante el negro se mete en la explanada de una
estación de servicio. Bueeeeno, como yo le había insistido tanto que
parara no me quedaba otra que parar yo también. Paré, me bajé y cuando
doy la vuelta por delante del camión y veo a ese negro bajándose del
auto me quería morir. ¡No terminaba nuuuuuunca de bajarse ese h de p,
qué negro grande!!!! Debe ser el más grande que he visto en todos estos
años aquí, y justo me tocó a mí, eso sí que es ligar mal.
Mientras
caminaba hacia él mi mente trabajaba rápidamente buscando la manera de
salir de la situación lo más decorosamente posible. Por supuesto, ya
había descartado la agresión verbal o física.
El negro, de manos a la cintura, se veía muy tranquilo, como pa'
no, jaja.
Y es verdad que los uruguayos nos damos ideas, principalmente
cuando hay que zafar. Seguí caminando muy decidido hacia él, y cuando lo
tuve cerca estiré la mano, le palmeé el hombro y le dije...”Disculpame,
no te ví”. Y me di vuelta y salí caminando muy tranquilo hacia mi
camión.
Yo creo que si paso hoy, aun debe estar ese negro en el mismo
lugar, tratando de descifrar mi actitud.
No me pregunten si el negro hablaba o no porque no sé, no emitió
palabra alguna. Habrá pensado, este tipo es loco o tremendamente
educado, mire que seguirme un kilómetro para pedirme disculpas.
Y bueno che, macaco viejo no sube a palo podrido.
Si no
dan comida no voy…
Fue por allá por el 70 o el 71, la divisional B había formado un equipo
para un campeonato de selecciones interligas. Fue designado como DT el
"Oso" Mateo. Después de unas poquitas prácticas llega el comienzo del
campeonato y el primer partido se jugaba en Casupá.
El punto de partida era el Campeones Olímpicos; ahí fuimos llegando
hasta completar el grupo, pero faltaba uno (no lo nombro porque hace
mucho no lo veo y no quiero que se me enoje) que era en ese momento un
jugador importante dentro del plantel, pasaba por muy buena etapa de
rendimiento... Jugaba en Nacional (pongan a funcionar la memoria los
curiosos).
Bueno, era el único que faltaba y ya todos ubicados en sus
respectivos asientos, nos dirigimos a su casa a buscarlo. La misma
estaba en la calle Independencia (vamos los curiosos!). Llamaron a la
puerta y sale la "estrella". Se arrima al ómnibus, sube hasta el segundo
escalón y pregunta si después de finalizado el partido daban de
comer....Pregunta que quizás a ninguno de nosotros se nos había
ocurrido, pero que no estaba mal.
Cuando le dijeron que no, inmediatamente se dio media vuelta
y dijo 'NO VOY' y se metió en su casa.
Algunos atónitos y otros muertos de risa emprendimos el viaje hacia
Casupá.
El resultado del
partido no lo recuerdo, creo que ganamos. Pero lo mejor fue que nos
llevaron al Club Casupá y nos dieron tremenda comida, muy bien servida.
La divisional tiró la casa por la ventana, pero fue debut y despedida
porque la Liga se fundió, se agotaron los rubros y no jugamos más que
ese partido.
Pero
ese día comida hubo, y la "estrella" se la perdió.
Las
apariencias engañan
Hay cosas
que parecen pero no son. Y a propósito de esto les hago un cuento.
Un hombre estaba por ordeñar una vaca y esta le daba con la cola en
la cara, una y otra vez. El hombre se cansó, se paró, se sacó el cinto,
con el ató la cola a las patas de la vaca. Claro, al sacarse el cinto se
le caen los pantalones. En ese mismo instante pasa por la puerta del
galpón su compadre y al verlo con los pantalones por los tobillos y
detrás de la vaca exclama.. “¡Pero compadre, qué va’hacer?!!”.....Y el
pobre tipo sin saber qué hacer le dijo... “Y… compadre, me estoy por
culear la vaca, porque si le digo la verdá no me va a creer!!!”.
POR ESO DIGO, HAY COSAS QUE PARECEN PERO NO SON!!!
Justo
frente a casa
En una época se me dio por desfilar en "Los patricios', en el
62, 63, no recuerdo bien. La expectativa estaba creada y el recorrido
del desfile pasaría por "mi" esquina de Rodó y Saravia, con todos los
vecinos de espectadores.
Mi padre me consiguió con un amigo una yegua tordilla. Feeeeeea la
yegua pobrecita; gorda sí, pero fea. La mañana del desfile nos fuimos
temprano para la Rural, mi tío, mi padre y yo vestido de gaucho (me
acuerdo y me río) bombachas, un cinto que abarcaba toda mi espalda, unas
botas de mi padre, cuatro números más grandes (me bailaban las patas),
camisa blanca, pañuelo y lo infaltable...el sombrero aluuuuudo.
Yo no era
muy de a caballo, pero sí había montado algunas veces en las vacaciones,
cuando mi tío era capataz de "Los Charrúas" en el tornero.
Ya con la yegua ensilladita, con una bandera de aquellas que se
colocaban sobre la bota con un mástil largo, me pongo en posición de
largada.
Partimos ¡Qué emoción! Todo muy lindo, yo iba con Carlitos Costa,
cruzamos el puente, seguimos por Saravia y yo deseando pasar por mi
casa. Qué les cuento que justo media cuadra antes de llegar, frente a la
herrería de Fasanaro se me corre la cincha para las verijas de la yegua
y la h. de p. comenzó a saltar como bagual. Yo me tiré a la mier...
antes que lo hiciera ella.
Qué vergüenza,
tanto esperar esa "pasada" y me ocurría esa desgracia. Mi padre vino
enseguida y me arregló la cincha, porque si fuera por mí aún estaría
esperando allí.
¡Un
muerto, un muerto!!
Después todo fue normal en el recorrido de los caballos; la plaza
Artigas con el clásico bla bla bla y después la comida en la rural. Aquí
se complicó otra vez el día, porque resulta que le calculé mal,
subestimé las consecuencias de ingerir vino más de la cuenta...
Más claro:
¡Me remamééé!!!.
Mientras se desarrollaba el espectáculo de bailes, yo salí
caminando para mi casa, porque de verdad me sentía mal. Iba caminado
junto al alambrado de lo que era antes "el Campo de los Curas" y se ve
que me gustó la sombrita de algún eucaliptus (todo lo que sigue me lo
contaron) entonces pasé el alambrado y me acosté a dormir la mona.
Ya casi de
noche, a media luz, la gente se venia caminando y Miriam Labarche me vio
(vio un cuerpo tirado) y comenzó a gritar: "¡Un muerrrto! ¡Un muerrrrto!
¡Un muerrrto!"...
Qué
muerto, era yo. Se juntó la gente y Sergio Costa me llevó a mi casa, me
entró por la puerta de Rodó y me acostó, y en casa ni se enteraron. A
las 10 de la noche andaba mi padre buscándome y preguntando por mí. Al
final no recuerdo quién me encontró durmiendo en mi cama, donde al viejo
ni se le ocurrió mirar.
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