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El campo
del Viejo Luca
Si vos no conoces la Cuchilla Santarcieri, no sólo que no vas a poder
llegar a mis recuerdos, sino que tampoco vas a poder entenderlos, de la
misma manera que el que nunca subió al 28 no sabe lo que son los
tranvías.
Hay cosas en este mundo que valen más por lo que representan que
por lo que realmente son. Por ejemplo, el campo de viejo Luca no era más
que un pedazo de tierra con un galpón de terrón y quincha, un tajamar
casi siempre tirando a seco y una casa en un rincón, contra la calle,
donde decían que la hija iba a vivir al casarse después de no se cuántos
anos de noviazgo.
Para mí el campo era un almácigo de macachines, un plantío de
bostas para usar en la guerrillas contra mi primo Carlitos, el Tacho y
el Julio Menyou, el galpón un buen lugar para esconderse con Marquitos
Garín mientras les tocábamos el culo y las tetas que no tenían, a las
gurisas del barrio que podíamos convencer para jugar a las escondidas.
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El Tajamar casi seco y
la cañada eran un criadero gigante de renacuajos y mojarritas, donde los
cazábamos o pescábamos como si fueran pejereyes en la escollera… Pero
más que nada el campo era el lugar de acceso a todas las casas que se
encontraban en el callejón, desde el almacén de Corbo, hasta la ultima,
pegada al alambrado que lo cerraba, allá arriba, pasando las casas de
las viejas Moreira.
El campo del viejo Luca era así el lugar de ataque hacia esos
fondos desamparados, llenos de granadas, nísperos, peras, parras
cargadas de uvas, higos de tuna y todo tipo de frutas, las cuales
comíamos hasta empalagarnos, o hasta que nos viera el dueño de casa.
Habrá mil campos como ese; quizás hoy los hayan vendido en solares
de 10 por 20 para asiento de ranchos con techo de dolmenit, pero en
realidad el campo del viejo Luca que yo conocí y disfruté, nunca va a
cambiar y Don Luca nunca lo va a poder vender, porque ese campo ya no
tiene dimensión física, sino que es un recuerdo grato de una niñez
feliz, envuelto en diabluras y aventuras, guardado en un cofre cerrado
con un candado de anécdotas y sonrisas.
"el Tordillo"
El Turco de la vía
El hombre es un animal que tiene el privilegio de viajar sentado y sin
moverse un metro. Quizás esta no sea una descripción muy científica o
educada de lo que es el ser humano, pero para mí es indiscutible.
Son las cuatro y media de la mañana, mi cuerpo en salto de cama y
alpargatas, se encuentra sentado en un confortable sillón, el termo y el
mate en el piso sobre la lujosa alfombra. Desde el equipo estereofónico
nace una música de fondo, suave y nostálgica, Amalia de la Vega canta y
recita letras de Juana de Ibarburou, todo alrededor es confortable, no
falta nada, hasta la calefacción se encuentra a la altura ideal. La
mente....quién sabe dónde está?.
Ahí va.
Acabo de cruzar las vías y con un sacudón de cabeza, le doy un
saludo respetuoso al Turco de la vía, que sentado bajo los paraísos toma
mate, descalzo y pelado. "Diga por su casa que les mandé saludos!" me
dice como todos los días; Pero ¿de quien?. Yo he cruzado estas vías,
viniendo del pueblo rumbo a la Cuchilla Santarcieri, un millón y medio
de veces, y el siempre está sentado en el mismo lugar, invierno y
verano, si llueve se corre hasta abajo del alero del galpón, y todos los
días vivimos la misma rutina del saludo.
Yo me los voy
guardando en la mochila del recuerdo, los voy amontonando, ya no sé ni
cuantos tengo, pero no se los puedo dar a nadie, porque yo, un gurí de
siete años, no les puede decir a los abuelos que el Turco les mandó
saludos, porque la abuela se me va poner de pelo parado y me va a decir
que soy un irrespetuoso y que el hombre tiene nombre, que no sea gurí
atrevido, y como ella tiene razón ¿qué voy a hacer con los saludos?.
Me los sigo guardando en la mochila del recuerdo, para que hoy
sentado y tomando mate en la soledad de la mañana, mientras viajo y
recorro rincones del pasado, los pueda sacar, ordenarlos e
inventariarlos para brindármelos a mí mismo, sin nombres, sin apodos,
como parte de un tributo de los viajes de mi mente hacia la Cuchilla
Santarcieri.
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